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domingo, 8 de febrero de 2009

BOB DYLAN, EL GRAN FABULADOR

Se han escrito incontables páginas sobre Bob Dylan, que es indiscutiblemente uno de los grandes creadores del siglo pasado, y por ahora, también de éste. Con una obra tan coherente como hermética, sus múltiples facetas y reinvenciones forman una compleja personalidad de la que lo único que no corresponde con su realidad es el absurdo papel de adalid de la canción-protesta (¡estúpido nombre!) que la progresía pretendió asignarle. El gran Zimmermann siempre estuvo y sigue estando muy por encima de algo tan banal.

De todas las maneras de acercarse a la obra de Dylan -sabiendo que disgregar sus facetas es sólo una manera de simplificar su estudio, puesto que son esencialmente inseparables- hay una de ellas de la que se encuentran escasas referencias, siendo sin embargo una buena muestra de su capacidad lírica y musical. Se trata precisamente de la cualidad del artista como simple narrador, en ese rol de moderno trovador que al propio Dylan siempre le gustó cultivar.

Esta capacidad se culmina en una época muy concreta de su obra, la que corresponde a los primeros y medios años setenta, quizás por influencia de un hombre de teatro como Jacques Levy, que colaboró con él en alguna de las letras de entonces. Quedan fuera otras narrativas, por supuesto, como esas travesías cercanas al simbolismo, a Rimbaud y Verlaine, de mediados de los sesenta, cuyos mejores ejemplos son “Visions of Johana” y “Desolation Row” (he contado 9 y 22 personajes respectivamente, donde coexisten algunos tan dispares como Caín y Abel, Romeo, el Fantasma de la Ópera, Casanova, Einstein disfrazado de Robin Hood, incluso Ezra Pound pegándose con T. S. Eliot en la cubierta de un barco). También se quedan fuera canciones posteriores como “Journey through dark heat” o “Tight connection to my heart” que son realmente historias más bien introspectivas, narraciones paralelas a viajes interiores. Donde me quiero quedar, al menos ahora, es en la capacidad de contar historias planas, sin artificio alguno ni ocultos sentidos.

¿Qué canciones son los mejores ejemplos de esté subgénero? Creo que “Isis” (6:58), “Black Diamond Bay” (7:32), “Hurricane” (8:33), “Joey” (11:05), “Romance in Durango” (5:41) o “Lily, Rosemary and the Jack of Hearts” (8:50) son una muestra suficiente para encontrar las claves buscadas. Éstas no son otras que aquellas que puedan explicar cómo se puede condensar en no más de ocho minutos una historia completa, con sus escenarios, sus personajes y su trama (véase en este blog “¿Para qué sirve el poeta?”). A estas claves se añade lo inexplicable, que es la genialidad que permite jugar con ellas y mezclarlas, consiguiendo atacar nuestras emociones y hacernos vivas las historias contadas.

El origen de las tramas de estas canciones es variado. Algunas son reales, como la historia del boxeador Rubin Carter, encarcelado por un triple asesinato que no cometió, o la vida del mafioso Joseph “Crazy” Gallo, tan popular en los primeros setenta. No es la primera vez que Dylan se detiene en glosar vidas de personajes singulares, generalmente vidas rotas con violencia antes de tiempo (Lenny Bruce o George Jackson también han sido objeto de canciones suyas). Otras son historias ficticias, o inspiradas en obras anteriores (por ejemplo, Black Diamond Bay acude a situaciones de la novela “Victoria” de Joseph Conrad). Si el autor consigue condensar la historia en unas pocas estrofas es precisamente porque condensa con diversas técnicas los elementos necesarios. Es decir, para concentrarnos en la historia con éxito habrá que obviar descripciones o cuando menos dejarlas en lo esencial.

En lo que a escenarios se refiere, Dylan es directo, y elige ambientes universalmente conocidos, generalmente debido a un fuerte componente cinematográfico, en los que nos puede situar con gran rapidez. Con el aire de los primeros acordes, y ese magistral primer verso, cargado de sonoridad (“Hot chili peppers in the blistering sun”) es imposible no pensar más que en sofocante calor, polvo y el México fronterizo; de este modo, comienza “Romance in Durango”. En “Lily, Rosemary…” basta incluso con los acordes iniciales para situarnos en el salvaje oeste. Y así, con alusiones mínimas (“red lights flashin’ in the hot New Jersey night”) se crean imágenes donde encuadrar la acción.

El inventario de personajes resulta también suficientemente expresivo. Dylan es capaz de manejar, con total corrección, más de una decena de personajes, lo cual, relacionado con la duración de las historias, ya resulta asombroso. Un listado completo resultaría:

-“Isis”: el Protagonista, Isis, el Socio.
-“Black Diamond Bay”: Ella, el Griego, el Recepcionista, el Embajador Soviético, el Soldado, el Hombre Diminuto, el Croupier, el Perdedor, un Extraño, Bob Dylan, Walter Cronkite.
-“Hurricane”: Patty Valentine, el Camarero, Alfred Bello, Rubin Carter, dos amigos, varios policías, Arthur Dexter Bradley, el Herido, el Juez, el Fiscal, el Jurado.
-“Joey”: Joey, Larry, los Hermanos, cinco Enemigos, varios policías, el Juez, varios reclusos negros, el Jefe, Jacqueline, Carmela, María, Frankie.
-“Romance in Durango”: el Protagonista, Magdalena, el Hijo del panadero, Ramón.
-“Lily, Rosemary and the Jack of Hearts”: Lily, Big Jim, el Guardaespaldas, Rosemary, la J de corazones, el Juez de la Horca, el Director de Escena, los Compinches de la J.

Para conseguir tratar tanto personaje en tan reducido espacio, es obvio que la norma general es una absoluta concisión. En general se trata, o bien de personas reales, o bien de arquetipos. En cualquiera de los casos, lo único que Dylan nos dirá de ellos es lo que esencialmente sea necesario para el desarrollo de la historia o para situar al personaje en nuestra imaginación en unos pocos segundos. Es evidente que de Magdalena no hace falta decir mucho: si es la chica del protagonista, y este es un pistolero fronterizo, el oyente puede hacerse su propio retrato sin que interfiera en la trama; no hace falta más descripción. Nos podemos imaginar la turbulenta biografía de Ella (“Black Diamond Bay”) con las pocas alusiones de la primera estrofa, acerca de su pasaporte y del vendaval que se llevó su reciente pasado. También se nos acerca a Big Jim con muy pocas palabras (“he made his usual entrance, lookin’ so dandy and so fine / with his bodyguards and silver cane and every hair in place”). Y magnífica es, por su acertado laconismo, la descripción de Joey cuando sale de la cárcel tras diez años:

“When they let him out in ’71 he’d lost a little weight
But he dressed like Jimmy Cagney and I swear he did look great”

Nada de esto es suficiente, por supuesto. Además hay que conseguir el interés del lector / oyente, y para eso el repertorio de golpes de efecto es muy variado. La intensidad dramática puede resultar subrayada por un momento de humor (el Griego pidiendo en la recepción del hotel una soga y una pluma, o que el Juez de la Horca aparezca borracho cuando más se le necesita) o por sorpresas de distinta naturaleza (un corte en la trama, desviando la acción bruscamente a la casa del mismísimo Bob Dylan en L.A., que está viendo el noticiario de Cronkite, donde se cuenta el final de la historia). Los momentos álgidos de las historias siempre están resueltos con brillantez; como ejemplo, la sentencia que dicta el juez en “Joey”:

“What time is it?” said the judge to Joey when they met
“Five to ten”, said Joey. The judge says, “That’s exactly what you get”

En nuestra imaginación se quedan grabados tantos momentos gloriosos: un disparo misterioso en el camerino de Lily, un tiroteo en el restaurante donde está comiendo Joey con sus hermanos, Rubin Carter sentado como un Buda en una celda de seis pies, esperando justicia, el Perdedor saltando por fin la Banca del Casino… justo cuando un terremoto hunde la isla (“You can take yout money, but I don’t know how you’ll spend it in the tomb”), y tantos otros.


Cualquiera que escriba de vez en cuando (aunque sea un frío informe de empresa) sabe que lo difícil no está en lo que se escribe, sino en lo que no se escribe, es decir, en contar Más con Menos. He aquí otra razón más que avala la genialidad del gran Bob Dylan… y que revela mis carencias… ¡otra vez la extensión del artículo garantiza que nadie haya llegado hasta aquí!

Dos notas a pie de página, genéricas para todo el artículo. En primer lugar, si he dejado los títulos de canciones y las citas de sus letras en versión original, no es por pedantería, sino porque su sonoridad es imprescindible, al ser como se ha comentado, otro de los recursos con los que juega Dylan al escribir. Y en segundo lugar, todas las ilustraciones del artículo son dibujos y pinturas del propio Bob Dylan. Sin entrar en su mayor o menor calidad, que es otra historia, parece que al menos guardan cierta coherencia con su obra músico-literaria.

miércoles, 21 de enero de 2009

REFLEXIONES DE FOTOMATÓN

Una de las razones que convirtió la aparición de la fotografía en una auténtica revolución es el que ofreciera la posibilidad de dar a conocer el aspecto de personas distantes: hasta entonces, poca opción había de saber cómo era alguien de quien nos hablaban, salvo que éste tuviera suficiente dinero para que un pintor le hubiera retratado. La aparición del fotomatón puede considerarse a este respecto una segunda revolución; pero además, igualmente interesante, es el carácter casi metafísico que añade, presentando un testimonio de otra realidad a la que conseguimos transportarnos fugazmente, intentando atravesar ese misterioso cristal situado a un palmo de nuestra nariz… Estos expectantes niños de la izquierda ¿a qué ventana creen asomarse ó que esperan ver?¿O están ya viendo algo que a otros nos está negado, al haber matado con el crecimiento muchas de nuestras capacidades perceptivas, como en una reedición de los mitos de Machen?

Una amiga me contó esta curiosa anécdota: su madre, ya de cierta edad, necesitaba hacerse unas fotografías, por lo que acudió a un fotomatón. Volvió un buen rato después, sin resultado. “Por más dinero que he echado, allí no ha salido nada, debe ser que está rota”. Un par de días después, mi amiga pasó por delante del fotomatón y casualmente se dio cuenta de que en el cajetín de salida había hasta seis tiras de fotos de su madre, con variadas expresiones de disgusto y extrañeza. Parece ser que la señora no sabía que hay que esperar unos diez minutos en salir y secar, o bien ni siquiera sabía por dónde debían salir.

El ritual del fotomatón siempre ha oscilado entre lo sórdido -como todo lo que tiene carácter público- y lo fascinante -como todos los procesos que no alcanzamos a dominar-. Una vez cerrada la cortinilla, a pesar de estar a centímetros de la vía pública, la separación que se crea es suficiente para producirnos una claustrofóbica sensación de aislamiento. Ahora, cualquier cosa es posible. ¡Es el momento perfecto para que cualquier asesino realice su trabajo discretamente! Tras el divertido protocolo (hacer girar el asiento, buscar la coincidencia con la línea de los ojos, o con la silueta de perfil que se dibuja a la derecha), el resto del proceso pertenece al azar. La tensión que se crea hasta que se dispara el flash, siempre inoportuno, se une al suspense de esperar a que salga la tira mágica, agravado con la sensación de pudor que nos invade cuando alguien más está esperando (¿no produce un miedo atávico eso de compartir nuestra imagen con desconocidos?).
Aunque me da cierta vergüenza confesarlo, cultivo enfermizamente varios extraños “hobbies”, lo cual parece que es uno de los rasgos de una personalidad psicótica. Una de esas aficiones consiste precisamente en coleccionar retratos de fotomatón ajenos y desconocidos, piezas que he ido encontrando a lo largo de los años tiradas por la calle, fruto del despiste o el olvido, o a lo mejor de una rabieta de enamorados; fue un consuelo descubrir en “Amelie” que no estaba solo en esta afición. Las fotografías que ilustran este escrito son algunas de mis piezas; si alguien se ve retratado, por favor que me avise rápidamente… ¡podemos crear un momento realmente emocionante!.

Las fotos de mi colección que más me asombran -por su origen- son esas claramente antiguas, de personas que a lo mejor incluso nos han abandonado, en magnífico blanco y negro, con modas ya desaparecidas… ¿Qué hace una foto de anteayer en el suelo de la calle de hoy? ¿Habrá estado perdida desde entonces, preservada en algún recoveco?¿Quién ha llevado ese retrato encima tantos años, hasta que se le ha perdido cerca de mí?
Sin embargo, mis piezas favoritas son aquellas en las que la expresión del retratado trasciende del aire autista que es la tónica habitual. Un retrato pintado es o intenta ser siempre una traducción del carácter del retratado; dejando aparte la habilidad del pintor, hay que pensar en que el resultado final contendrá siempre una expresión “promedio” de muchas expresiones, al ser el producto de sesión tras sesión, día tras día, en las que el sujeto habrá posado con diferentes estados de ánimo, con diferentes matices, con la cabeza ocupada en diferentes asuntos. Con la fotografía de autor -o con autor- la situación no es así, ya que sólo existe una pose, un momento, una expresión. Si el autor es hábil, conseguirá captar precisamente una expresión definitoria del retratado o, al menos, definitoria en una situación concreta, incluso a través de forzar o motivar al modelo.

En el fotomatón, finalmente, la situación llega al extremo; no hay elección del momento o la expresión, ya que la máquina dispara sin pensar (¿seguro?) a un intervalo fijo desde que se introducen las monedas, y lo normal será obtener como resultado esa expresión vacía, en la que como máximo se traslucirá un deje nervioso por la sorpresa del flash tras los segundos de concentrada espera, y en la que luego difícilmente nos reconoceremos, como si fuera una máscara hecha de nuestro rostro, pero ausente de todo el resto de nuestro yo. El retrato de nuestra efigie en cera, en suma.
Esta es la razón de que aprecie especialmente las fotografías en las que el flash ha captado una expresión viva, y que por ello se convierten en piezas singulares. No serán definitorias del carácter del sujeto; a lo mejor el que sonríe es habitualmente serio, pero en ese momento ha esbozado una sonrisa por pura reacción nerviosa… ¡o porque un amigo que espera fuera la ha provocado! La mirada seductora puede haber sido un puro accidente, y la expresión desafiante ser sólo producto de la sorpresa. Pero es precisamente la inmediatez de la sensación lo que considero apasionante.

Una última categoría de la colección las suponen nuestras propias fotografías, nuestras o de nuestra gente, sobrantes de las tiras que a lo largo de la vida nos hemos hecho, y que por esos atavismos sobre la propia imagen que citaba (ojo también a la teoría de Gombrich que nos relaciona con el arte más primitivo) nos resistimos a tirar, a pesar de que en su momento ni siquiera nos reconocimos en ellas. Y sin embargo, ahí siguen, resistiendo a sucesivas limpiezas, y manteniendo intacta esa mágica característica: todo el mundo nos reconoce en ellas, a pesar de que nosotros a quien seguimos viendo es a un misterioso sosias. Para tirarlas, siempre habrá tiempo...
Hoy, los pocos fotomatones que quedan se han digitalizado; el sujeto puede elegir el disparo que más le guste entre varios, evitando las fotos de sorpresa y accidente. Pero es que además su pésima calidad, con rostros descompuestos en píxeles empastados, convierte cualquier retrato en una caricatura, ni siquiera una máscara. Adiós a la emoción.

OTRA COSA: En el Museo de Antropología de Madrid se puede ver hasta marzo una sugestiva exposición sobre las “madrasas” africanas, las escuelas coránicas donde con métodos pedagógicos muy distintos a los nuestros, se enseña a los niños a memorizar y reverenciar el Corán. Se trata de una serie de extraordinarias fotografías de Luis López “Gabú”, que se completa con “alluhas”, las tablas utilizadas como soporte de la escritura con cáñamo, y donde una y otra vez se borra y se escribe, volviéndose un objeto reverenciado por haber sido soporte de toda una vida de aprendizaje; si se rompe o parte, se cose con grapas, pero se seguirá usando e incluso será heredada por la siguiente generación. Si la tabla pertenece a un niño primerizo, se notará por su escritura con grandes caracteres, torpes y desordenados. Si es de un adolescente con varios años de aprendizaje a sus espaldas, nos asombrará la estética regularidad de su escritura, con caracteres pequeños y seguros.
Ya tenéis plan para el domingo por la mañana; será una visita también interesante para los niños, que se sorprenderán del contraste con sus colegios y sus cuadernos, y que disfrutarán además con las maquetas y piezas de la colección permanente de este exquisito museo.

miércoles, 31 de diciembre de 2008

¿SIRVE PARA ALGO EL POETA?

Mucho me temo que esta vez me he extendido demasiado… Hace poco, en el transcurso de una conferencia, oí contestar a un apasionado crítico musical a la pregunta de ¿para qué sirve la música?. La respuesta fue muy simple (y por tanto, muy compleja): la música sirve para diluir el tiempo, algo de lo que el ser humano ha estado siempre necesitado. Algo tan contundente y tan cierto me ha creado una fuerte inquietud: desde una categorización similar ¿soy capaz de decir para qué sirve, entonces, la poesía? ¿Para qué pierde nadie tiempo en escribir o leer poesía? No soy quien –desgraciadamente- para llegar a una respuesta. Pero sí puedo decir que he intentado llegar a ella, y en el camino se me han abierto varios caminos, que son los que ocupan mi entrada de hoy, en un orden que no es gratuito; que cada cual escoja el que quiera, y transite por él hasta donde pueda… por cierto, los versos intercalados se publican (se dan al público) por primera vez… al final de la entrada desvelamos su autoría.

1. La filóloga rampante E. Elsbereth me cuenta que en la esfera anglosajona la poesía se vive y se siente de otro modo, y que es sobre todo porque la literatura se estudia en los colegios de un modo muy distinto al nuestro. En las clases de allí se lee, interpreta y discute poesía, e incluso se escribe como parte del aprendizaje. Mientras, aquí, estamos demasiado ocupados memorizando las biografías y las listas de obras de nuestros autores como para dedicarnos a algo así. Lo más creativo que hacemos al respecto es esa patochada mecánica que viene a llamarse “comentario de texto”. Es muy posible que esta sea la razón de que en los países anglosajones la poesía sea un género de una gran popularidad y vigencia, y que autores como ee cummings o Henley sean conocidos en ámbitos que nos sorprenderían aquí. He oído citar y parafrasear poesía a estadounidenses y británicos de todo pelaje, y me he encontrado poemas en libros de entrevistas, películas, revistas de modas,… Si preguntamos al español medio cuántos poetas conoce de la segunda mitad del siglo XX, probablemente nos conteste que… ninguno. Ni siquiera alguien con una obra tan contundente y asequible como Dámaso Alonso es conocido por el gran público. Una educación en la poesía no puede sino generar una sensibilidad especial, probablemente más poderosa.

“Y aquí estoy yo, mis mundos y mis hielos.
Mi alma de papel y mis estrenos,
robándote un rincón para inspirarme.”
(De Robándote un rincón)

2. No hace muchos años aparecía un curioso libro en las listas de los más vendidos, con un título muy sugerente: “Más Platón y menos Prozac”. Escrito por un psicólogo norteamericano, Lou Marinoff, venía a defender como una terapia para muchos problemas del alma la lectura orientada de filosofía. En una reedición del mesmerismo dieciochesco (la curación por el espíritu, de la que siempre he sido un ferviente defensor, y de la que tengo algunas sorprendentes pruebas), proponía la excitación del propio cerebro, como una eficaz autoayuda. Pensar como acto medicinal, en suma. Pero, si lo que buscamos es curar el alma, ¿no será mejor aún sentir que pensar? ¿No es mejor bálsamo producir sensaciones que pensamientos? ¿No es más fuerte la poesía que la filosofía?

“Prefiero no esperar nada de nadie,
prefiero contemplar sin ver virtudes.
No quiero ver la luna sin el aire,
la decepción cargada de aptitudes."
(De Hay cárceles que no tienen barrotes)

3. En este orden de cosas, para el descanso diario, la posición horizontal sobre lecho adecuado es lo más indicado para el cuerpo castigado durante tantas horas… pero el cerebro seguirá trabajando, cabalgando a través de diversas fases REM, sin conseguir apagarse del todo. La única manera de afrontar un apagado cerebral adecuado, sin dejar neuronas cargadas por la jornada que termina, y que sólo pueden ser causa de sueño agitado, cuando no de pesadillas, es la imprescindible lectura nocturna, como actividad final antes de apagar la luz. El acceso a realidades distintas de las vividas nos garantiza el vaciado cerebral, pasando a ocuparse de asimilar lo leído, que será lo que quede vibrando y produciendo las últimas sinapsis mientras nos quedamos dormidos. Nada como la poesía a estos efectos, por estar muy cerca del mundo más onírico. Algo así sugiere el cuadro de aquí al lado, del asombroso pintor iraní Iman Maleki, en el que el protagonista se protege de la lluvia de realidades con un libro (suponemos que de poesía).

“El brillo que se cae de aquella nube
y un soplo de rutina necesaria
iluminan la noche que retuve
el verso de esa cala solitaria.”
(De Ausencia de dolor por las ventanas)

4. Si buscamos alguna virtud objetiva de la poesía, creo que la más evidente es su fuerte capacidad de evocación: unos versos bien escritos nos harán sentir con más fuerza y eficacia cualquier sensación, paisaje, que una minuciosa descripción narrada. Dylan, el único poeta de la música popular, conseguía en los ocho minutos de “Hurricane” contar con mucho más poder de convicción la historia del boxeador Rubin Carter, algo que a la película de Norman Jewison le costaba más de dos horas, para llegar a un resultado mucho más pobre y desprovisto de toda emoción. La descripción de un lugar, por ejemplo, es más fuerte si nos transmite la sensación de ese lugar, y no sólo las características espaciales.

“Nada más que tus calles y tu asfalto
me bastan como droga contra el tiempo.
Te robaron las torres al asalto,
seis mil almas que huyen a destiempo.”
(De Nueva York I)

5. Creo que una de las grandes virtudes o utilidades de la poesía viene de la capacidad para generar posibles identificaciones. Si la narrativa tiene la virtud de permitirnos vivir otras vidas, otras épocas, otros escenarios, la poesía nos permite reflexionar sobre nuestras propias vivencias, y es fácil que encontremos vías de exploración hacia nuestros sentimientos, que se despierten recuerdos que yacían olvidados, que revisitemos lugares de otras épocas de nuestra vida.

“Cuatro paredes se abren sin permiso;
atrapo el sol y busco mi cuaderno,
yo con mi soledad sin previo aviso.”
(De Cuatro paredes)

6. El propio Auden (suya es la cita que encabeza este blog, del mismo modo que su título es paráfrasis de un título de otro gran escritor), siendo magnífico poeta, no reconocía a la Poesía (ni a la Pintura, Escultura, Narrativa,...) la misma categoría artística que a la Música. De hecho, sólo ésta era considerada un Arte con mayúsculas, como creación en estado puro. Todos lo demás vendrían a ser “traducciones” más o menos afortunadas de la realidad. Y esto introduce una idea curiosa, la del poeta como traductor de una o varias realidades, es decir, la de alguien cuyo afán es el de convertir a palabras, a un código legible, sensaciones, sentimientos, recuerdos, realidades en suma que son escasamente tangibles y de difícil descripción para el no iniciado en estas lides.

“Estaba en el lugar equivocado
condenado a movimiento forzoso,
en el punto de mira, vigilado
lejos del horizonte silencioso.”
(De Estaba en el lugar equivocado)

7. A lo anterior se puede añadir que el resultado de esa “traducción” hecha por el poeta es muchas veces de difícil interpretación para el lector a que se destina. Muchas veces el poema es tan oscuro como la realidad que oculta. Entonces se produce un fenómeno curioso… el lector debe esforzarse por estar a la misma altura que el escritor, y sólo una comunión entre ambos producirá la comunicación necesaria. Este es, quizá, otro fin de la poesía, el obligar al destinatario a llegar más lejos, a ese esfuerzo para entender más allá de lo cotidiano, sabiendo que la recompensa que aguarda es la de penetrar en una esfera de sensibilidad superior a la habitual.

“La tarde llevo cosida en las manos
con alfileres, la carne de metal.
¡Dame un paraguas intenso y sin final!
¡Borra toda la muerte de mis planos!”
(De Autorretrato)

Tengo el privilegio de ser amigo de un creador de imágenes, que radiografía el alma desde hace tiempo con gran fortuna. David Gutiérrez (Madrid, 1964), poeta ultimísimo, es el autor de los versos que acompañan este artículo. Cuenta ya con un volumen editado (“Poemas en la maleta”), prometedora opera prima que creo que será dentro de unos años un libro buscadísimo por coleccionistas, desde luego por su fantástico contenido, pero también por la esmerada edición, en la que nada se ha dejado al azar, ni la encuadernación, ni el papel, ni la tipografía. Un objeto bellísimo en sí mismo y de gran rareza, con sobresalientes ilustraciones de Laura Gutiérrez, que consiguen ser tan evocadoras como los propios poemas, hasta el punto de que parecen concebidos a la vez. David está ahora dedicado (como tantos de nosotros, vive en el Five O’Clock World que decía la canción) a un proyecto muy interesante, un segundo volumen construido bajo la forma única del soneto, estructura paradigmática. De los primeros frutos de este proyecto he robado algunos cuartetos y tercetos para darle categoría a mi artículo.

OTRA COSA: Quien pueda acercarse a la Casa de América de Madrid, que corra a ver la obra fotográfica de Alberto Korda. Autor de la fotografía más divulgada del siglo XX (obvio decir cuál es), su obra es interesantísima tanto como documento histórico como puramente artístico. “La fotografía está en el ojo del fotógrafo”, decía el señor Korda; en sus fotos se demuestra que el trabajo del fotógrafo es encuadrar y no componer… aunque esto será tema de una de estas semanas. Semblanzas de personajes históricos, revolucionarios jugando al golf, la entrada de los barbudos en La Habana. No hay desperdicio. Resalto una imagen (tan buena como cualquier otra): una serie de personajes muy dispares esperando sentados en una grada, cada uno mirando en una dirección, con uno central leyendo en el periódico un discurso de Fidel… Encuadre, luz, contraste, contenido, está todo ahí. Buscadla y asombraos.