Tras un largo paréntesis estival y otra vez metido de lleno en mi torbellino, me encuentro otra muestra más de que este mundo, este viejo mundo mío, se está trastocando, y a veces me da la sensación de que la velocidad con que gira es pasmosa. “Time is a jet plane”, decía Robert Zimmerman...El caso es que mi amiga Z. nos ha dejado con la boca abierta, porque acaba de “salir del armario” (esta expresión es odiosa, pero no es ocasión de jugar con la ética lingüística, que estamos ante un tema de importancia). Hace unos días, Z. ha hecho público que comparte su vida desde hace años (más o menos, una década) con otra mujer, y no contenta con ratificar vagas sospechas –en diez años algo se ha notado- ha decidido casarse, además.
Sé qué habrá lectores a quienes todo esto no parezca extraordinario, y que se mueven en un ambiente donde las relaciones “alternativas” (joder con las expresiones correctas) no son ninguna novedad. En el ambiente en que me muevo, en cambio, sí lo son. A veces incluso no sólo una novedad, sino una novedad dudosa. El miedo a lo que es diferente a nosotros mismos a veces se trastoca en censura o desprecio (¡tanto afán por destacarnos del resto, por ser más originales, y a la hora de la verdad nos aterra despegarnos de lo mediano!).
Así, y por más que lo intento, y desde mi minúsculo punto de vista -un átomo en un universo inconcebible- no consigo encontrar nada reprobable en esta historia. No puede tratarse de un mal funcionamiento biológico, de una “desviación”, ya que mucho me temo que a Z. no le gustan las mujeres, sino que le gusta SU mujer. No puede existir tampoco una contaminación ambiental, por cuanto esta amiga procede de un entorno tan cerrado como el mío. Y tampoco se podrá argumentar que es un comportamiento fruto de la inexperiencia en las relaciones “convencionales”, ya que sucede que cuando Z. conoció a su pareja, ambas mantenían relaciones estables con sendos maromos, y ambas cambiaron la tranquilidad de esa “normalidad” por una vida incómoda y opaca, por una vida de doble factura, que en muchos momentos habrá resultado asfixiante, pero que siempre les ha valido la pena, con tal de entregarse cada una a la otra.
En conclusión, me temo que tengo que replantearme aún muchos de mis esquemas, y que no puedo dar nada por consolidado... ¡a mi edad! Tendré que darte las gracias, Z., por recordarme que aún tengo mucho que aprender. Te deseo (os deseo) lo mejor. Y recuerda que quien ni siquiera hace el esfuerzo de entender, es probablemente porque carece de importancia.
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