Hace años -muchos más de los que me gustaría- era fiel lector de ese revoltillo maravilloso que se llamaba “La Luna de Madrid”, revista independiente que muchos años después de su desaparición se convirtió en la crónica oficial de la Movida (¿?), un fanzine de lujo que llegó a vender 30.000 ejemplares al mes.Los que lo conocieron se acordarán de su maquetación abigarrada, que hacía vertiginosa la lectura, de su abundancia de tendencias, todas ochenteras, de su enorme plantel de creativos, Casani, Ceesepe, Pérez Villalta, Cueto, El Zurdo, García-Alix, Berlanga, Panero, Verdú, en unas páginas donde cabía todo, especialmente optimismo, transgresión y modernidad.
Y si hay una sección que recuerdo con especial añoranza es aquella titulada “Mis horrores favoritos”, donde mensualmente se exponía a la vergüenza colectiva una selección de arquitecturas falaces y dañinas, perpetradas por titulados sin conciencia. Tengo aun grabada en la memoria el artículo en el que se defenestraba el edificio con iglesia que sustituyó al vergonzosamente demolido convento del Buen Suceso, en la calle de la Princesa de Madrid; para ello se acudía a una acertada analogía con las latas de conserva...
El problema de fondo es que desde que la educación se construye entre el afán político de estadísticas que busca que todo el mundo acabe aprobando (una selectividad superada por el 98% de los estudiantes no es una selectividad) y una universidad donde prima ante todo el negocio, el título de arquitecto, que es el que nos ocupa, no garantiza que su poseedor tenga ni siquiera un criterio de qué fue lo bueno y lo malo antes de él.
Adjunto algunos ejemplos recientes, no tanto como denuncia a esta agonía de una actividad que fue maravillosa (todo debe cambiar para que todo siga como está, decían en El Gatopardo) sino como homenaje a esa íntegra sección de aquel fanzine. Será que me estoy haciendo mayor...